Despedida a un padre poeta
Si hay algo más difícil y exigente que
glosar la figura de un padre es hacerlo además sobre un escritor y un cristiano
ejemplar. Todos esos rasgos confluyen en la figura de Juan José Redondo Muñoz,
mi padre, nacido en Pozoblanco en el seno de una familia sencilla y de
profundas raíces cristianas.
Desde pequeño mostró interés por todo lo
religioso, de hecho partió a Córdoba para estudiar en el seminario San
Pelagio. Pero al igual que la vocación llega de un soplo, de un sentimiento
irrefrenable hacia lo trascendente, también se marcha sin avisar. Unos años más
tarde se enamoraría al ver pasar por las calles de san Lorenzo a una guapa
chica de Acción Católica, aquella que sería su esposa, Emilia.
Fue un trabajador incansable, vendedor de
libros puerta a puerta, comercial de ultramarinos, maestro de primera enseñanza
o contable en una empresa de joyería que por fin pudo ver cumplido el sueño de
ser librero ya en el último tramo de su carrera profesional. Porque, sin duda,
su mayor afición fue la literatura, como lector empedernido o como escritor de
múltiples facetas. Siempre rodeado de libros, con un poema a punto y, cómo no, embarcado
en alguno de sus artículos de prensa. Durante los años 80 y 90 fue colaborador
de esta casa en Cartas al director, desde
donde continuamente trató de transmitir unos valores a los que nunca renunció.
Su gran pasión de lector y escritor, tanto
en prosa como en verso, nos ha legado un total de quince libros, cientos de
artículos en tres periódicos de la capital a lo largo de cincuenta años, y lo
que más pudo disfrutar en los últimos tiempos, tener un hijo que continuara su
pasión por la escritura. Sus obras dejaban un poso de ternura y un mensaje de
esperanza para afrontar la vida con una sonrisa. Los que le quisimos siempre
recordaremos sus palabras tiernas, su frase moralizante en el justo momento o
alguna cita del Evangelio que, fueras creyente o no, podía ayudarte en
cualquier situación.
Su lucha contra la enfermedad fue un
ejemplo de fe, de amor y de entrega a Dios. “Esto es lo que hay y tengo que
luchar”, decía. Afrontó esa batalla con una sonrisa y con una oración
omnipresente en los labios. No poder ir a misa el domingo a su parroquia le hizo
sufrir, era su momento de oración y de compartir con las amistades. Allí pasó
muchos momentos profundos e inolvidables, no obstante, fue uno de los primeros
laicos en ponerse a disposición del párroco para construir un barrio mejor, la
barriada de Edisol, que a comienzos de los setenta comenzaba a extenderse.
Se nos ha ido un hombre sencillo, buen
amigo, de profundas convicciones religiosas, un reparador de sueños, un
idealista. Allá donde esté contará con el amor de los que le quisieron y
respetaron. Le gustaba repetir cuando hablábamos del final que presagiaba,
recordando a su adorado Juan Ramón Jiménez: “Y yo me iré, y se quedarán los
pájaros cantando”.
Recordaremos siempre el valor que derrochó
para ser firme en sus creencias a pesar de las dificultades y su lucha
incansable por ser un padre ejemplar, un esposo amante y un hombre bueno.
¡Gracias, padre, hasta el reencuentro!
Obituario publicado en Diario Córdoba 4-12-2023

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