ENNIO MORRICONE: UNA HISTORIA DE WESTERNS, MÚSICA Y DIOS

Hace menos de un mes nos dejaba uno de los grandes del parnaso musical de los dos últimos siglos. Ennio Morricone (1928-2020) ha sido sin duda el responsable de una parte sensible de las melodías recurrentes de nuestras vidas. Todos alguna vez hemos silbado imitando a un forastero entrando a un poblado hostil; nos hemos puesto más tiernos tarareando títulos como Érase una vez América (1984) -aquel film en el que De Niro se colocaba en un fumadero chino de opio a principios del pasado siglo-; o, por qué no, se nos han humedecido los ojos recordando a ese pillo enamorado del cine y que se mofaba de la censura en la oscarizada Cinema Paradiso (1988).
Si por algo se recordará siempre a nuestro protagonista es por que solo ganó un premio Óscar de la Academia por la película Los odiosos ocho (2015) de Tarantino, además del honorífico de 2006. Llama poderosamente la atención que no se alzase con la estatuilla por alguna de sus míticas películas como Novecento (1976), Bugsy (1991), Lolita (1997) o la citada Cinema Paradiso. Pero no vamos a perder nuestro tiempo en sufrir por algo tan emponzoñado por intereses mediáticos, económicos y políticos, como es la Academia de Hollywood, y si no que se lo pregunten a Alfred Hitchcock.
Tardarán en desaparecer de nuestras retinas y oídos esos planos cortos adornados de silbidos y punteos de guitarra eléctrica mientras que Clint Eastwood miraba con desprecio a su oponente mordiendo un cigarro mal liado. Aquellos mal llamados spaghetti westerns, no solo producidos por italianos sino que muchos de ellos fueron coproducciones europeas con actores y capital españoles, fueron rodados lejos de las localizaciones típicas de las películas de Ford o Hawks. La conocida como Trilogía del dólar -Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965) y El bueno, el feo y el malo (1966)- puso en el mapa del wéstern al sureste andaluz que todavía hoy experimenta su revival particular con las visitas de turistas de todas las edades a los parques temáticos que allí florecen, rememorando esos momentos míticos de la historia del cine.
Fueron westerns sucios, decadentes, de nivel interpretativo medio-bajo (no en todos los casos), sin grandes pretensiones, pero con una serie de rasgos peculiares: la liturgia de escenas demasiado largas para el espectador comercial, una ambientación de desierto que rompía con el clásico Cañón del Colorado y nos traía historias del lejano Oeste a Burgos, Almería o los alrededores de Madrid; escenas vacías de guion, pero con silencios ensordecedores; miradas, gestos y expresiones rudas y soeces lejos de la idealización hollywoodiense; música que conjugaba lo clásico con lo hippie y folk (guitarras eléctricas, arpas de boca, etc.). Leone, con su trilogía, supo conjugar de la mano de Morricone, música e imagen, a un tempo desconocido hasta ese momento en el cine, que después puliría el director italiano en Hasta que llegó su hora (1968), protagonizada por Henry Fonda, Charles Bronson y la bellísima Claudia Cardinale, y con guion del propio Leone y Bertolucci, entre otros.
Siguió nuestro compositor paseando sus notas por películas irrepetibles como Días del cielo (1978), Los intocables de Eliot Ness (1987), Frenético, de Polanski (1988), ¡Átame! (1989) -sí, la de Almodóvar-; o Malèna (2000), por citar algunas de las más de quinientas películas y documentales que sonorizó. Mención especial, desde mi humilde opinión, es la banda sonora de La misión (1986) dirigida por Roland Joffé que nuestro maestro italiano nos dejó creando para ella una de las melodías imborrables de la historia del cine. La pieza Gabriel's oboe, que iluminaba la escena de Jeremy Irons predicando entre los guaraníes de las reducciones jesuíticas del Paraguay, nos hacía llegar la profunda fe de hombres europeos cultos y refinados que lo dejaron todo hace ya más de quinientos años para evangelizar un continente y darlo todo por indios que aún vivían en el Neolítico. Es una película que, como filme de contenido religioso, y no olvidemos que Morricone era hombre de creencias religiosas, nos acerca a la Teología de la liberación y que siempre quedará asociada a este movimiento nacido en Latinoamérica, contestatario con la teología oficial venida de Roma. No olvidemos la relevancia de la música en la pedagogía ignaciana y la preponderancia de lo sensible, experiencial y artístico en toda la vida y obra de Ignacio de Loyola (Cf. Ejercicios espirituales, 1548). Aún hoy esta pieza se sigue interpretando en multitud de conciertos de música culta en teatros y auditorios, o bien se puede degustar en muchas parroquias en el momento de la consagración.
La vida a veces hace coincidir en el mismo camino a grandes genios, en este caso a Leone y Morricone, ambos italianos y artistas de brillantez más que contrastada. También ha ocurrido en otros momentos de la historia como los binomios Mozart-Da Ponte, Buñuel-Dalí, o Allen-Keaton. En fin, regalos que disfrutamos los humanos y nos hacen estar más cerca del cielo. Gracias y arrivederci Ennio.

Os recomiendo visionar estos enlaces:
https://www.youtube.com/watch?v=tYaqHcp6RAw película La misión (1986), escena de Jeremy Irons tocando el oboe entre los guaraníes.
https://www.youtube.com/watch?v=3dLxy4jn_vI fragmento de un concierto dirigido por Ennio Morricone (Gabriel´s oboe, BSO de La misión).
Gracias por hacerme recordar uno de los días más felices. ..
ResponderEliminarGracias por hacerme recordar uno de los días más felices. ..
ResponderEliminarBonito homenaje. Desconocía la participación de Morricone en alguna de las películas citadas..
ResponderEliminar¡Muy bueno! Siempre me quedaré con el oboe de Gabriel. Creo que es la única melodía que, por más veces que la escucho, nunca me cansa.
ResponderEliminarY además era “trinitario”, muy unido a las comunidades trinitarias y fraternidades de laicos en Italia, incluso compuso un himno a San Juan de Mata
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