A TI TE CANTABA...


Ante el panorama surrealista, y aún inconcebible, en que nos encontramos se saca más tiempo y ganas de escrutar a la sociedad que, presa de una emocionalidad enfermiza, sale a la palestra desnuda, como Dios la trajo al mundo, visceral y paleolítica.
Están los que cantan, los que vocean, los que incumplen las normas, los que aprovechan el público cautivo para destacar en este teatro pandémico. Aunque también están los de toda la vida: los que nada tienen, los enfermos (también hay enfermedades más allá del COVID-19), las que siguen aguantando... Pero en toda ciénaga siempre crecen nenúfares.

Canto al anciano que echa de menos a sus nietos desde el balcón...
A sus manos ajadas y su mirada lenta.
Canto al que nadie canta y al que no canta, y desde el silencio ensordece a una ciudad.
A lo pequeño, a lo sutil e invertebrado.
Canto a los autónomos que echan números, y sus dígitos son cada vez más cortos.
A los que siguen en la brecha sin alardear de nada.
Canto a los que se fueron en silencio, a los que ya no están, pero estarán siempre.
Canto porque quiero, a hombres y mujeres -verdes y azules-, sonriendo entre aplausos.



Canto porque quiero, pero no quisiera...


                                                                                                            Tres meses después...

Todo ha regresado, todos a la calle, todos liberados.
Aunque ya no es nada igual, ya no existe el hilo invisible que nos unía.
Rostros enmascarados de voz baja, apagada y lastimera suenan en la calle atónita.
Unas calles colmadas otra vez de risas, pero también de llantos.
De llantos que vuelven enchufados a máquinas rodeados de seres azules y verdes.
Azules y verdes que simbolizan la vida frente a la muerte diminuta de un ángel exterminador.
El ángel sobrevuela las calles ardientes quizá preparando una nueva guadaña.
¡Velad, estad atentos...!





                                                                         



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