LÍO EN LISBOA
“¡No estamos enfermos, sino vivos!”. Estas han sido las palabras del papa Francisco a su llegada a Lisboa con motivo de su visita a la XXXVIII Jornada Mundial de la Juventud. Se presenta el Papa en la capital portuguesa recordando sus palabras en Río de Janeiro, ahora hace diez años con motivo de otra JMJ, en las que hacía el juego de palabras con la película Lío en Río (Blame it on Rio, 1984) protagonizada por el gran Michael Caine. “Que acá en Río va a haber lío”, dijo a un grupo de jóvenes argentinos en aquella JMJ. Una década después recuerda que son ellos los que deben seguir tirando del carro de la Iglesia, dañada y desacreditada en los últimos tiempos, y ser semilla de renovación entre los seguidores de un proyecto de vida y comunión universal que, en ocasiones, no parece serlo.
Pero antes de
dirigirse a los jóvenes lo ha hecho a sus mayores en la fe y en la jerarquía
eclesiástica. Les pide que no tengan miedo en echar las redes, que en primer
lugar inviten a conocer a Jesús y no antepongan la crítica y penitencia sin
haber conocido siquiera el pecado y la situación vital de cada persona. En otra
de su
s frases que pasará a la historia de su pontificado les dice: “La Iglesia
no es una aduana”. No es una discoteca en la que se revisa la indumentaria para
poder acceder; todos estamos invitados, cada uno con sus problemáticas, pero
todos somos bienvenidos. Pues eso es lo que quiere transmitir el Papa a todos
los jóvenes del mundo sean o no católicos: todos estamos llamados a acoger a
cualquier persona, a buscar y a arriesgar.
La Iglesia que
nos presenta Francisco dista mucho de otra rancia, ultra y creadora de muros.
No hay lugar en esta sociedad de hoy para una Iglesia llena de prejuicios, de
remordimientos y de gestos de desprecio ante los cristianos de la vida real,
esa de la que parecen estar excesivamente alejados. Con estas actitudes y
exabruptos de los sectores más radicales de la Iglesia no nos podemos quejar si
se dan muestras de rechazo a la moral y la fe católicas.
Los jóvenes de
hoy no quieren dogmatismos invariables sin discusión, no se tragan cualquier
cosa; con ellos todo hay que discutirlo y justificarlo. La Iglesia de la que
habla Francisco es una casa abierta a todos, que no pone aranceles –de ahí la
metáfora de la aduana–, y que solo quiere cristianos emprendedores y no
cobardes. Hoy más que nunca la gente necesita confrontar la fe, su espiritualidad,
con la ciencia y la razón; se trata de presentar un camino de encuentro, de
acompañamiento y de ternura, y no más palos en las ruedas que impidan al ser
humano ser feliz.

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