ORWELL, PASIÓN Y POLÍTICA
Hace unos días cumplió años
la novela 1984 de George Orwell,
autor inglés que casi todo lector mínimamente avezado recordará también por su
afamada Rebelión en la granja,
alegoría del estado comunista publicada en un momento tan candente entre trotskistas
y estalinistas. Esta obra es sin duda la obra literaria que más se ha adaptado
a todos los tiempos; podemos decir que se ha salido del ciclo cronológico y se
ha colado en un kairos tiempo
preciso y significativo, fuera de la sucesión temporal, en el que sucede algo
especial, que da mucho juego a las mentes inquietas.
Orwell, cuyo nombre
auténtico era Eric Arthur Blair, fue un hombre de personalidad arrebatadora,
cosmopolita, con una mente abierta, de una pasión desaforada y utópica. Desembarcó
en España allá por los años treinta del pasado siglo para combatir en la Guerra
Civil contra el fascismo, afincándose en Cataluña. Nadie como él para conocer
de primera mano el hervidero político que era nuestro país en un momento tan convulso,
viendo lo que se avecinaba y que sin duda llegó. En el marasmo de siglas que le
tocó vivir: POUM, PCE, NKVD, FE, CNT-FAI, PSUC…, Orwell solo quería dar
respuesta al fuego que sus ideas prendían en su obra, tanto periodística como
literaria. De repente se encontró entre dos frentes del mismo bando y,
finalmente, no tuvo otra opción que marcharse de España, después de lo que se
conoció por Hechos de Mayo de 1937. Poco después, desde la lejanía, comenzaría
a fraguar su obra Homenaje a Cataluña
(1938).
1984 supuso el espaldarazo a
una literatura fantástica, distópica esa palabra tan de moda que
nos dejó para el recuerdo un mundo controlado por la oligarquía política, algo
que el autor había aprendido por las bravas en las calles de Barcelona. La
novela también tiene un ojo todopoderoso muy similar al de Sauron que J. R. R.
Tolkien diera a conocer en sus novelas de la Tierra Media; un ojo que todo lo
ve y controla que, todavía hoy, tres cuartos de siglo más tarde, nos lleva a
seguir preguntándonos si realmente somos libres o no. Si en verdad podemos
cambiar la realidad o somos títeres de un sistema que casi tiene puesta fecha a
nuestra muerte.
Llegó el momento en que se
nos recortaron derechos en aras de la seguridad; seguimos dándole vueltas en la
era pospandémica a la legalidad o no del confinamiento; vamos conociendo el
modelo de “ciudad de quince minutos”, con penalizaciones por contaminación si
recorres más kilómetros de los debidos; o la paulatina reducción del uso del
papel moneda en beneficio del pago electrónico. Las redes arden en tertulias
apocalípticas. Para unos la distopía ya está aquí y lo tienen muy claro; para
otros son simplemente teorías conspiranoides que maridan muy bien de tardeo con
un gin-tonic.
Si algo nos enseña 1984 es que las sociedades controladoras,
de un modo u otro, siguen avanzando en la historia. Hay que estar en guardia.
Para ello solo la educación basada en la búsqueda de la excelencia, la idea de
hermandad global ilustrada y el pensamiento divergente pueden evitar la caída en
un páramo intelectual, en la desidia adolescente de un mundo que día tras día ve
apagarse la llama de una sana revolución.

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