MARDUK, SU ESTATUA Y OTRAS PÉRDIDAS

 



Hoy quisiera hablaros de pérdidas. A lo largo de los dos primeros milenios antes de Cristo, el dios Marduk, una y otra vez, veía cómo los imperios que iban pasando por Babilonia habían tomado por costumbre robar su estatua del templo principal. Pero siempre surgía un libertador que la devolvía a bombo y platillo a la sede de la divinidad mesopotámica. Casi cuatro mil años después seguimos perdiendo "dioses", emociones, percepciones, sentimientos, pero por encima de todo, perdemos las ganas de luchar, algo tan necesario para el espíritu humano y que en estos tiempos se va diluyendo. 

Estamos asistiendo al vodevil de una cultura pandémica que nos ha capacitado a todos para erigirnos en expertos epidemiólogos con licencia para opinar, antes desde la barra de un bar, ahora desde el sofá. La gran pérdida de esta generación y de la post-COVID, será el espíritu de lucha y la necesaria resiliencia para afrontar el desastre. El vivir confinados o semiconfinados tantos meses, y aún no vemos el final, ha puesto en su sitio a muchos que estaban al borde de tirar la espada y ahora lo han tenido muy fácil. Otra cosa será los que han vencido a la enfermedad, a ellos no se les podrá negar el triunfo. Todo mi respeto y consideración. Me refiero a los que se han dejado anestesiar y llevar por el desánimo de prime time (a las 3 o a las 9) frente a un televisor o a la pantalla de un móvil entre las sábanas justo antes de dormir. O quizá han querido achacar todo a una retahíla de conspiraciones seudocientíficas, en ocasiones encabezadas por famosos de capa caída, que fácilmente se compran en cualquier canal de televisión o de Internet. En fin...

Nadie esperaba que un país de 47 millones de habitantes quedaría confinado, pero pasó. Nadie esperaba que tendríamos que ir con la boca tapada, pero pasó. Nadie esperaba que se acabaran los besos y los abrazos, y también pasó. Pasaron tantas cosas que ya ni recordamos, o lo vemos superado y con sensación de poder con todo, y no es verdad. Al final de este éxodo veremos qué ha quedado, y cuando miremos atrás reconoceremos lo ya insalvable bajo los escombros. 

No solo quedará atrás el espíritu de seguir intentándolo, la ilusión por sobreponerse a la adversidad, parece que también están desapareciendo otros bienes. Ante el abismo o ya dentro de él la persona siempre tira de lo que tradicionalmente le ha sustentado, los lazos más fuertes: el amor de la familia. Pero no parece que las leyes últimas estén a favor de la institución familiar, al contrario, todo marcha hacia un individualismo más marcado o se criminaliza a la famlia "tradicional". Mientras continúe el miedo a aplicar políticas de sostenimiento y apoyo real y efectivo a las familias el problema de la baja natalidad no se solucionará. 

Siguiendo el esquema de la canción La familia, la propiedad privada y el amor de Silvio Rodríguez (1978), vemos cómo también se está tocando la propiedad, no solo la propiedad de lo material, sino el hecho de no poder gestionar y tomar decisiones sobre lo que es tuyo y has ganado con el sudor de tu frente. Leyes de control sobre los alquileres, impuestos desorbitados según la comunidad autónoma en la que residas, la decisión sobre la vida de los otros* (nueva ley de eutanasia), ...

Y el amor, ¿dónde queda el amor? En estos días en las pastelerías y con forma corazón. No, eso no es el amor. El miedo a la frustración de los hijos ha llevado a muchos padres a disfrazar-manipular algo tan sencillo y propio humano como es el amor hacia el otro. Todo queda reducido a cumpleaños sobredimensionados, noches de Reyes que se pagarán a plazos y la creación de un mundo paralelo apoltronados en sus sillones de youtubers en los que el arte, la cultura o la naturaleza quedarán muy lejos. Eso no es amor, el amor duele y ese hedonismo no causa dolor. Pero qué podemos pedir si hemos renunciado al contacto con los hijos dejándolos aparcados frente a un móvil o una tablet en su sillita de un restaurante para que nos dejen comer a gusto...

Irremediablemente el concepto amor hoy en día para un adolescente está asociado a otra palabra de cuatro letras: sexo. El amor queda así como un objeto de mero consumo. Y lo que ven cada día en sus redes, en Internet, en la televisión, no ayuda a desmaterializar a la persona y a transformarla en don para el otro, en ser dotado de alma además de carne y hueso. Es inviable acabar con el maltrato, el abuso, la cosificación de las personas si los más indefensos, los niños y adolescentes, se ven cada día envueltos en una espiral de banalización de la violencia y sexo explícito por doquier. La escuela sola no puede luchar contra esto, hace falta ayuda en casa y, por supuesto, de los que manejan los medios; para eso sí habrá que sentarse a consensuar una legislación coherente y protectora del menor. 

Si no es así, ¿quién nos va a devolver a nuestros "Marduk" del exilio? ¿Quién va a enseñar a nuestros hijos que el amor no es algo físico ni un objeto de consumo? ¿Quién les va a decir que equivocarse es propio del ser humano y que no tiene por qué significar frustración? ¿Quién los va a arrancar de las garras de una pantalla? Yo, al menos, lo seguiré intentando. 

                                                               


*Recomendación: La vida de los otros (Florian Henckel, 2006). Película que muestra de una forma descarnada la intervención del estado tardocomunista de la Alemania del Este en la vida de las personas.

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