CONECTIVIDAD EMOCIONAL: PREMISA DE UNA PROFESIÓN
Considero que
veintidós años consecutivos desarrollando una profesión te da algo de autoridad
para escribir esto que quiero compartir con todos. Si por algo quise ser
maestro, profesor, educador con sus múltiples sinónimos y matices, fue por
tener la oportunidad de darme a los demás desde una posición, no de soberbia
cultural ni de prepotencia, sino desde la sencillez y la cercanía del que se
siente acompañado y acompañante. El pedagogo, bella palabra de procedencia griega,
es el que acompaña al otro en su camino hacia el conocimiento, lleva de la mano
al educando para hacerle encontrarse con el saber.
Seis meses después
de aquel aciago catorce de marzo en el que el Presidente del Gobierno
comunicaba a la nación que el país entraba en estado de infarto, los niños de
toda España volvían a las clases. Nervios, emoción, reencuentros… No, este
curso no podía ser así. Los nervios tornaron en tensión, la emoción en miedo y
los reencuentros… ni están ni se le esperan. Y es que el interruptor de la
educación es la emoción, si no eres capaz de despertar en el que te escucha
algo más que respeto y atención (que a día de hoy es mucho) no conseguirás poner
de tu lado a ese que llevas de la mano.
Pues aquí seguimos.
Es complejo mirar a la cara a un niño y tener una visión sesgada por un trozo
de tela, el telón de un teatro que nunca debió comenzar, pero que quizá
merecíamos. Telones que no dejan disfrutar de la obra en todos sus actos al
completo. Solo unos ojos achinados
asomando pueden hacer entrever lo que se supone una sonrisa.
¿Existe conexión
pedagógica sin emoción? ¿Podemos mantener el hilo conductor de la obra si nos
falta una parte esencial como es la emoción? Rotundamente no. No me imagino a
san Juan Bosco tras una máscara encandilando a los jóvenes sin hogar de la
Italia del XIX. ¿Cómo podemos entonces llegar a esa conexión emocional, vital,
que nos lleve a entender qué pasa por su cabeza en estos duros momentos? ¿Qué
hacer si ni siquiera puedes chocar una mano o dar una palmada en la espalda al que
se ha esforzado sobremanera en algo que creía imposible?
La chispa educativa
nace de la emoción, pero también de la palabra; y la palabra surge del
testimonio. Testimonio que procede de la vivencia… ¡y eso no nos lo ha quitado
ni siquiera una pandemia! Tiempos recios para dar testimonio de una verdad que
nos llama desde lo profundo a salir al encuentro del que te lanza su mano; de
tratar de sonreír sin una boca que mostrar, o dar un abrazo sin un pecho sobre
el que descansar. Somos portadores de un salvoconducto para sacar de la
tristeza al de enfrente, narradores de una historia que nos compromete por
entero. Sanadores de gente desanimada que pide a gritos volver a ser sonrisa. Vendedores
de un producto que no caduca, pero que se apaga si no se muestra.
Una profesión así
no merece gente desenchufada de la vida. Necesitamos catalizadores de un cambio
estructural que no es ajeno a nada ni a nadie. Mercaderes en un trueque de
silencios por sonrisas, aunque por ahora sean sin boca. Esta es mi profesión, o
mejor dicho, mi vocación hecha vida.

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